Imagen: Cristina Escartín Grasa
02 de julio de 2026 · 3 min lectura
Aldea de Pelegrín
Soy la aldea que me vio nacer.
Por Ángeles Grasa Pelegrín
ALDEA DE PELEGRÍN
Soy la aldea que me vio nacer. Desde el aventadero puedo divisar ese primer sol de abril que corona el horizonte y trepa entre las nubes hasta iluminarme la fachada. Mi cara norte contempla las cumbres nevadas y me parecen enormes frutas escarchadas, como las que la tía Joaquina guardaba bajo llave en la alacena. ¡Qué bien se respira aquí en lo alto la fragancia a tierra mojada y a romero del pinar empapado por el aguacero!, donde el otoño hace «casitas» con sus setas a las criaturas del bosque, igual que el olor a tiza y a pupitre evocan la niñez. Aún retumba en mi memoria de varios siglos el estruendo de los truenos entre las montañas, seguido de algún rayo que provocaba un pequeño conato de incendio para, luego, apagarlo la tormenta. Y cómo sentía resbalar la lluvia sobre el tejado llevando por la canalera el agua hasta el pozo, con el chirrido a viejo de la carrucha cada vez que alzaban el pozal chorreando por su borde. Mientras la soledad baja la cuesta, afloran estos pensamientos del ayer. El suave aleteo de las mariposas bajo el balcón me devuelve al presente y, en la oquedad del manantial, el agua destila la melancolía de las ramas que se inclinan hasta ella. Este tronco pétreo que me sostiene mantiene la entereza tras sucederse ventiscas y diáfanas primaveras, también el paso de las hojas marchitas y el tacto enmudecido por la nostalgia de unas manos que, a veces, siento en el costado bajo la noche estrellada. En los días claros, la Peña Montañesa me dice cuándo es mediodía. Dentro de mí quedan los recuerdos de quienes hicieron de estos montes su pan y su viña, y hoy son tierra de esta tierra, pues dicen que quienes se fueron habitan en nosotros. Por el ventanuco de la cocina se filtra el silbido del viento junto a los instantes más queridos, donde el crepitar de las brasas en el fogaril trepaba por la chimenea hasta hacerse humo y subir al cielo para atrapar sueños. Vuelvo a sentir el aroma de los panes recién sacados del horno que se unía a la sonrisa de yaya cardando lana en la cadiera , mientras el abuelo Antonio subía a la falsa a colgar las uvas antes de rezar el Rosario por todos los de casa. Las noches en Pelegrín tenían magia. A punto de dormir contemplaba a través de la ventana cómo caía una estrella sobre Sarrastaño; enseguida corría a despertar al abuelo para ir a buscarla. Tan solo me dormía con la promesa de que subiríamos al día siguiente y no pararíamos hasta encontrarla. Un escalofrío recorre los rizomas que se aferran a la tierra para sustentar los lirios que acarician esta pared de piedra. En la mañana quieta, son los pies del peregrino que desvió su camino hacia Santiago para darme vida. Ahora ya mis restos te pertenecen y en esta primavera renacemos en cada pétalo en flor que atraviesa el pedregal. Juntos creamos más belleza entre estas piedras que bajo las cenizas del Vesubio.