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Ángeles Grasa Pelegrín
Camino de Gracia

Imagen: Cristina Escartín Grasa

29 de julio de 2026 · 3 min lectura

Camino de Gracia

Es una alegría compartir que madre e hija hemos participado en la misma revista. Es un regalo ver cómo dos generaciones se encuentran entre las mismas páginas, cada una con su propia voz. Entra y disfruta de su relato.

Por Cristina Escartín Grasa

Camino de Gracia

El aire había acariciado el pinar durante toda la mañana intuyendo el comienzo de una despedida. Ella se detuvo en la era de la casa. No llevaba equipaje, solo la mirada acuosa y el cuerpo firme, como quien reconoce lo divino. Esa esquina, tantas veces rozada con el corazón del dedo, seguía intacta. En el pozo, al tirar del cubo, el agua emanaba su condena con una queja larga y triste.

Vagaba despacio por lo profundo acariciando las paredes. Encendió el fuego del hogar y se paralizó frente a la ventana. Afuera, las mariposas seguían pasando. Algunas eran amarillas, otras blancas. De vez en cuando, una negra se inmiscuía. En verdad, todo estaba en su sitio y, sin embargo, nada era semejante.

En el exterior aún parecía escucharse el eco de los que habían vivido allí, entre los árboles. Cerró los ojos. Antes de cruzar la puerta un escalofrío recorrió su cuerpo, sería el abrazo de un ancestro.

Porque no se puede arrancar aquello que proviene de una raíz tan honda. Una raíz que emergió siglos atrás.

Silvano era un cantero del norte de Italia. A causa de la peste, perdió todo: su mujer, su hija y su credo. Las rutas jacobeas eran una oportunidad para la subsistencia, ya que su oficio permitía restaurar monasterios, iglesias o casas fuertes.

En uno de los desvíos del Camino, al explorar el Sobrarbe, Silvano tropezó con una piedra y se precipitó al suelo. Su instinto hizo que apoyara todo el peso en su muñeca izquierda, lo que provocó una inevitable fractura. Era imposible continuar el camino.

Dolorido, halló una caseta de pastores. Sobre un montón de paja intentó reposar, pero el dolor no se lo permitía. Al fin, pudo descansar. Al amanecer, vislumbró una silueta que irradiaba haces de luz: un acontecimiento sublime.

Gracia.

Tenía el cabello áureo, la mirada vidriosa y la piel nívea. Le dejó un botijo con agua fresca, pan, tocino y una manta de lana. Apenas había abierto los ojos cuando, al despertar, ya no estaba. Cada día, al alba, volvía. De andar sosegado, casi terapéutico, su sola presencia le sanaba. Resultado de haber nacido entre montañas, hija de la piedra y del misterio.

Después de varios días, Gracia le invitó a seguir una senda hasta un terreno bañado por la luz del sol.

—Aquí podrás reanudar tu historia —le expresó con certeza infalible.

Silvano no vaciló en aceptar su sugerencia.

La incipiente ternura desembocó en una conexión más profunda, la mirada hablaba más que las palabras y un tímido beso al lado del manantial inauguró el comienzo de una estirpe. Pasados los años, tuvieron hijos. El linaje mezclaba éxodo y rizoma, de apellido Pellegrin, actualmente denominado Pelegrín.

Ella, cerró el portón de madera por última vez. Contempló la magnitud de la esencia unida al silencio que sosegó su partida.

Porque, aunque el apellido se apagara, la memoria no se perdería.

Ahora habita en las palabras.

Este relato se inspira en los inicios de la familia casa Pelegrín, que fue parte del municipio de Santa María de Buil y, actualmente, pertenece a Aínsa (Sobrarbe). La historia parte de la creencia de que el primer fundador fue un peregrino que realizaba el Camino de Santiago.

Y la luz de otro siglo entrará por el cielo de las altas ventanas y barrerá las sombras y ya no quedará ni un aliento ni un roce, ni señales de muerte de quienes habitaron estas viejas estancias1.

1 Rosendo Tello, La casa abandonada, Zaragoza, 2024.

Os animo a haceros con un ejemplar y disfrutar no solo de este relato, sino de todos los textos e historias que dan vida a este nuevo número. Para mí ha sido una satisfacción muy especial compartir sus páginas con mi hija.