19 de febrero de 2024 · 5 min lectura
Réquiem por Mediano
En la mañana del 29 de abril de 1969, el gallo cantó por última vez en Mediano.
Por Ángeles Grasa Pelegrín
RÉQUIEM POR MEDIANO
En la mañana del 29 de abril de 1969, el gallo cantó por última vez en Mediano. La plaza amaneció inundada de agua, como si de la mismísima Plaza de San Marcos veneciana se tratase. Aquello no pintaba bien. Algo sospechaban acerca del inminente llenado del pantano porque, la semana anterior, vieron vaciar algunas cubas de hormigón sobre el cementerio para sellarlo y que no salieran los cuerpos a la superficie por la erosión del agua. Las mujeres se asomaban a las ventanas para comentar que no podían anegar el pueblo de esa manera, sin avisar, pero «alguien» ya había dado orden de cerrar las compuertas. Pocos días antes, sufrieron el robo de las hostias consagradas del sagrario y todavía seguían conmocionados por semejante vandalismo. El obispo de Barbastro subió enseguida junto con Acción Católica para enmendar el agravio y, entre palios y crucifijos, se escuchó: «habéis cometido en Mediano el pecado de vuestra vida; esperad el castigo divino».1 Algunos encontraron una relación de causalidad muy bien orquestada entre estos dos hechos, otros prefirieron quedarse en la leyenda. No había tiempo para despedidas ni para lamentos, tan solo la prisa por recoger lo más necesario y abandonarlo todo sin remedio. Sin embargo, no quisieron dejar de celebrar el funeral por uno de sus vecinos antes de partir. Luego, la gente cargó las caballerías con mantas y otros enseres cuando emprendieron la marcha bajo una pertinaz lluvia. Parecía que hasta el tiempo se había confabulado con la situación, y llevaron el féretro en un remolque para darle cristiana sepultura en el cementerio de Coscojuela de Sobrarbe.
1 Sabio Alcutén, Alberto. Mediano, el ojo del pasado. Diputación Provincial, Huesca, 2011, pp. 196.
Solo quedó la tía Joaquina de casa Pallás en la soledad de su vejez. Los vecinos la llamaron hasta dando voces, pero no les contestó porque no podía verlos salir de Mediano. Decidió no abandonar y lo cerró todo a cal y canto para sumergirse entre las aguas, aunque dentro de su pueblo, sin dejar a los suyos que yacían en el camposanto. Su cuerpo alto y enjuto, coronado por un moño canoso, aún pudo arrancar un ramillete de violetas en la puerta de casa y meterlo en el bolsillo del delantal, como tantas veces había hecho. Quería irse sin perder lo que era toda su vida, sus recuerdos, por eso, echó en el hogar la última carga de leña encendiéndolo como cada mañana. Luego, cogió de la alacena su taza favorita para sentarse en la cadiera y saborear su último café. Cerca tenía la estantería donde guardaba toda la correspondencia en una caja y no dudó en ponerla sobre la mesa. Sus manos, ya gastadas por el trabajo, sujetaban con torpeza las cartas deslucidas por varias décadas que no cesaba de releer, como si quisiera verse transportada a aquellos momentos. Joaquina volvió a sentir el bullicio de la plaza en verano cuando celebraban la fiesta mayor, al ritmo de las notas del acordeón que se confundían con las risas y cantos de los críos. Veía las peladillas de los bautizos rodando por el suelo y, también, aquel rubor en sus mejillas antes de dirigirse a la iglesia vestida de novia. Sus ojos se clavaron en el fuego. El crepitar de las chispas le devolvía instantes del ayer donde las castañas se asaban sin prisa en el fogaril. En su memoria, los interminables paseos por el bosque tendían ante ella su alfombra de melancolía repleta de hojas caídas con los colores de otoño. Al caer la tarde, sentada en el banco de piedra con el peso de los años y la dureza del alma, se detenía a escuchar los sonidos del monte. Para la tía Joaquina un recuerdo muy especial eran los niños del río jugando a cuchareta en el Cinca, así como las competiciones con los barquitos de junco en sus orillas. Eso sí, a menudo, le salía algún suspiro entre dientes y una honda letanía: —¡Miseria, en estas casas no había más que miseria en aquellos años! Trabajar como animales por un puñado de comida, pero eso se pasa. Lo que se queda ahí para siempre es el dolor por el que no vuelve —decía lamentándose por las víctimas de la Guerra Civil. El reloj de la sala daba las tres de la tarde. A Joaquina le hacía recordar las peripecias que tuvo que pasar su abuelo materno para traer de Francia aquella pesada maquinaria a lomos de una mula, mientras cruzaba los puertos. Entonces, se levantó de la cadiera para abrir el baúl donde la ropa conservaba un agradable aroma a membrillos, agarró la colcha que había bordado para su ajuar y la colocó sobre la cama de la alcoba. Esa estancia se había convertido para ella en un refugio seguro, a salvo de las vanidades y los miedos terrenales. La tía Joaquina descubrió, en sus largas horas de reflexión en la alcoba, que el mejor camino para recuperar la inocencia era desprenderse de la ira y aprender a vencer con el corazón. Después, Joaquina se dirigió al pasillo y abrió de par en par el ventanuco que daba a la calle, allí permaneció quieta un largo rato contemplando los almendros rebosantes de flores. También apareció frente a ella el cerezo objeto de todas sus confidencias adolescentes. Cada año parecía nutrirse de sus vivencias y lucía el más espectacular de todos. Las chamineras de las casas vacías humeaban un hilo tenue que ya se extinguía al compás de la lluvia que no cesaba tampoco en sus ojos. Una lluvia que caía mansamente sobre los tejados, como gotas de plomo del luto venidero. A lo lejos, la vieja noria seguía girando sus cangilones con una cadencia cada vez más lenta, quejándose, quizá, del sinsentido de tan absurdo trasiego. Se oía el canto del grajo en medio de la maleza. Eran las cinco de la tarde y las cigüeñas revoloteaban torpemente alrededor del campanario sin poder alzar el vuelo por el peso de la lluvia. Los aullidos de los perros parecían presagiar la tragedia. La tía Joaquina cerró el ventanuco y llegó hasta el reloj, donde paró su maquinaria, pues para ella el tiempo se había detenido entre aquellas paredes que se negaba a abandonar. Sonaron varios golpes en la puerta, seguidos de gritos: —¡Abra a la Guardia Civil, sabemos que está aquí y vamos a echar la puerta abajo! Joaquina no contestó. Enseguida, todo volvió a quedar en silencio. Cayó la noche y, como les habían cortado la luz, tuvo que encender una vela. Se acostó temprano sin dejar de oír cómo llovía en la calle: «esto sí que es llover sobre mojado», pensaba. No durmió, apenas podía mirar fijamente cómo se consumía la vela poco a poco, perdiéndose en sus pensamientos: «La oscuridad de esta noche es total, por eso la llama de la vela nunca brilló tanto. No tengo miedo a la muerte, tengo miedo de este silencio y que, un día, nadie recuerde esta casa. Dentro de poco, el pueblo se irá y ya no contaremos, solo quedará de nosotros una sombra dentro del pantano porque se habrán ahogado hasta los recuerdos. ¡Qué tristeza me da perder los lirios debajo del puente, ellos lloraron mis penas y me acompañan siempre!; mejor será el sosiego de la muerte que esta pesadumbre por la sentencia de esperar la nada. Que Dios me perdone porque se me acabó la esperanza, y ojalá me reciba junto a todos los de casa. Esta es la noche más fría y más larga de toda mi vida, mañana mi cuerpo se mecerá entre estas cuatro paredes a merced de las aguas». De vez en cuando, le sacudía un sobresalto al estallar los cristales de las ventanas del piso inferior por la fuerza del agua. ¡Aquel sonido se parecía tanto al crepitar del azúcar quemado en la perola donde cocinaba el flan! Al amanecer, el agua había subido por las escaleras y ya inundaba la cocina situada en la primera planta. La tía Joaquina se envolvió dentro de la colcha y, tiritando de frío, fue a sentarse en la sala mientras, fuera, la lluvia no cesaba. Comenzó a sentir hambre, pero ella seguía mirando de frente cuando notó que el agua estaba mojando sus pies. Sin bajar la vista, cruzó la sala envuelta en la colcha y subió a la falsa donde el agua tardaría en llegar. Se acurrucó en el suelo como un ovillo viejo y ya solo oía llover. Tuvo un último recuerdo para la Virgen de Monclús y su aceite milagroso que tantas veces le ayudó. Pasaron varias horas hasta que un golpe seco derribó la ventana de la falsa. Entró la Guardia Civil con el agua a la cintura para registrar cada hueco: —¡Señora, que venimos a buscarla, salga de una vez, que se va a ahogar! Ella solo oía llover. Al principio, la confundieron con un fardo de los muchos que había en el desván, su cuerpo permanecía inmóvil encima de los sacos de lana junto a la cuna de mimbre de su niñez, pero el destino quiso que el hombre la empujara con el pie y se diera cuenta de que tenía vida. A duras penas, consiguieron forcejear con Joaquina y sacarla arrastrándola hasta la barca. Los gritos e improperios se sucedieron: —¡Dejadme, que ahí fuera no se me ha perdido nada, esto es una canallada, os tendría que haber pasado a vosotros y sabríais lo que es! Desde la barca se despidió de la Peña Montañesa y siguió mirando al frente, vio los gatos en los tejados de las casas y, entonces, bajó la mirada por primera vez. Ya no oía caer la lluvia. En el agua flotaban muchas cosas, algunas muy familiares. El reloj de la torre daba las cinco. En el NODO de aquellos días sacaron la imagen de la inauguración del pantano de Mediano como ejemplo de progreso y futuro para España. Años después, a las cinco de la tarde, en los días de lluvia siguen tañendo las campanas del valle su réquiem por Mediano y parecen decir: «Mediano no está muerto, solo duerme». A mediados de los ochenta, hubo una gran sequía y se podía entrar al pantano vacío por completo. La gente paseaba entre las ruinas de sus casas y la torre del campanario, la cual todavía se mantenía en pie. La curiosidad de un niño de diez años le hizo encontrar una botella de grueso cristal semienterrada bajo los escombros, cerrada con un corcho y custodiada por mariposas blancas en medio de un murmullo ensordecedor, casi cercano a la palabra. A través de la suciedad del cristal se podía entrever un papel y una llave oxidada. Juan sintió la misma emoción que si del mensaje de un náufrago se tratase y le pidió a su padre que la abriera. Este lo hizo sin dudar. En la hoja amarillenta y gastada por el tiempo, el niño pudo leer: Aunque hoy la espuma del agua golpea la torre, algún día sonarán de nuevo las campanas de Mediano con aires de boda y guirnaldas de oro y plata. Un día, vendrán las rosas a rellenar cada estancia y en el camino olvidado florecerá la esperanza, pues la luz de la memoria sigue viva en cada casa porque la llama de la nostalgia ya ha prendido y esa el agua no la apaga. El ruiseñor cantará como siempre en su rama y las fuentes manarán vida de la vida que tú manas. Traerá la paloma en su pico la rama de olivo sagrada y vendrá para decirnos que la tierra ya está seca, que el diluvio ya se ha ido y que no se cierra esta casa. Joaquina de casa Pallás